Por Juan José Dalton

Relato personale de la guerra civil

SAN SALVADOR – Habíamos salido huyendo del hospitalito de La Montañona, en Chalatenango. La invasión de octubre, una de las más grandes que realizó el ejército en toda la historia de la guerra, había comenzado. La Montañona era el centro “neurálgico”; ahí estaba la comandancia de las FPL, incluso, el máximo jefe, “Marcial”, así como todo su Estado Mayor.

Decenas de personas hicieron columnas apresuradamente y comenzamos a “güindiar”. Íbamos por un lugar y después regresábamos por el mismo. Agarrábamos por un sendero, luego parábamos durante horas y en silencio a esperar la noche. Los exploradores del enemigo andaban cerca. Los helicópteros ronroneaban por nuestras cabezas y cuando detectaban algo ametrallaban; después pasaban los aviones bombardeando.

En una de estas paradas agotadoras y tensas, me di cuenta que el prisionero de guerra que llevábamos –un campesino de ORDEN, al que se acusaba de varios crímenes contra civiles- se sentía mal. Me le acerqué y le pregunté qué le pasaba y me contestó que le dolía mucho la cabeza.

Entonces fui a buscarle dos pastillas. Se las tomó y me dio las gracias, como dice nuestra gente: “Qué Dios se lo pague”.

No lo volví a ver más en la güinda, que siguió por rumbos indefinidos. Caminábamos de noches por unos filos inimaginables. Recuerdo que en una de estas noches perdimos los primeros equipos que habían llegado para la Radio Farabundo Martí. Un burro llevaba encima dos consoladas grandes y en uno de esos filos el animal puso "el pie" donde no debía y únicamente escuchamos el ruido de la carga al rodar por el precipicio.

Al amanecer llegamos a un cañaveral. Hambrientos como estábamos comenzamos a cortar cañas y a chupar el jugo. Seguramente el ruido aquel  hizo que los soldados nos detectaran y nos emboscaron. Hubo una estampida hacia cualquier parte.

Yo, herido y débil, quedé solo. Hasta que Frank, el dominicano, y Neto, el médico, me localizaron y se dispusieron a acompañarme. Las ráfagas de ametralladora se escuchaban por todos lados. Los tres quedamos en medio de arbustos, hasta que llegó la noche y pudimos caminar hacia quién sabe dónde.

En una ocasión llegamos tan cerca de los soldados que sentíamos el olor a cigarro y sus voces. Pasaban las horas y estábamos cada vez más débiles y hambrientos. Frank se había caído y se había golpeado fuertemente la canilla en una piedra. Hasta el hueso le vimos.

Una noche llegamos a un cerrito; veíamos luces a lo lejos. La noche era tan oscura que creíamos que estábamos bien protegidos y cometimos el más grave error de quedarnos dormidos los tres.

“¡¡Miren, aquí hay tres dormidos!!”, le decía un soldado al resto de la unidad que pasó a unos metros de nosotros. “¡¡No!! Están muertos, los matamos ayer”, decía el jefe de la unidad. Y el otro necio que estábamos dormidos; tres soldados nos apuntaban con sus armas y nos comenzaron a golpear.

Inmediatamente toda la unidad nos rodeó y nos amarraron los pulgares con cordeles. No tuvimos ninguna posibilidad de responder: yo estaba desarmado; Neto portaba una pistolita 22 y quizás nunca había disparado en su vida; Frank llevaba una subametralladora UZI, pero con pocas balas ya que dos días antes había descargado su arma contra unos “kaibiles” a los que eliminó una unidad de las FES, y donde quedó muerto “Toño”, nuestro querido y simpático fundador de las Fuerzas Especiales en el Cascajal, en los filos de Arcatao.

Los soldados nos llevaron al cuartel de la Guardia Nacional (GN) de Las Vueltas. Ahí nos comenzaron a golpear bárbaramente. Nos colgaron los tres del techo, como piñatas. Nos preguntaban por “Marcial”. ¿Quién podría dar su ubicación en aquellas circunstancias?

Colgados estábamos los tres cuando de pronto veo entrar al cuarto a alguien que se me parecía conocido. “¿Quién de estos es jefe?”, le preguntó el jefe del operativo en la zona.

¡Era el prisionero de guerra! Había logrado escaparse y llegó hasta Las Vueltas. Nos miraba a los tres sin pronunciar palabras. De haber dicho que alguno de nosotros era jefe no nos hubiéramos librado de mayores y más crueles torturas.

Se le quedó viendo fijamente y dijo: “No mi capitán, ninguno de estos es jefe, a ninguno conozco...”.

Nos bajaron del techo y el capitán al mando llamó al Estado Mayor para informar que había capturado a tres guerrilleros, uno de ellos extranjero. Escuchamos claro cuando el alto jefe dijo por la radio: “no les hagan nada, ya voy a mandar por ellos”.

Minutos después llegó un helicóptero. Nos tiraron a su interior como que éramos sacos de mercadería. El aparato levantó vuelo. Decenas de campesinos con machetes desenvainados habían rodeado la nave y gritaban que nos querían matar.

Desde lo alto, el verde en sus diversas tonalidades era lo que resaltaba. Minutos, quizás horas de horror habían pasado. Aquel prisionero de guerra, acusado de graves crímenes, me salvó la vida. No sé su nombre ni sé si estará vivo, pero ahora es cuando puedo darle las gracias. Donde quiera que esté...