Carlos Ramírez (*)

Pasajes de la guerra civil salvadoreño desde el lado izquierdo

WASHINGTON - En los frentes de guerra y,  sobre todo en las zonas liberadas,  las horas de  la madrugada  eran normalmente tranquilas

Pero esa madrugada Celia, la compa que  hacía  “posta”  vio un bulto negro moverse maliciosamente quebrada abajo  del hospital y de la cocina y,  como era su deber,  corrió  hacia donde  dormían los comandantes  para darles el “parte”.


Estos  no le creyeron, o más bien le creyeron  a medias, por  el hecho de que  la mujer  tenía menos de una semana de haber entrado el frente –por el miedo podía  haber visto  un fantasma-- ,  y además, porque  la quebrada pedregosa estaba plagada  de  minas.


Por si las moscas,  difirieron la  programación habitual del campamento: la formación militar,  el informe político y  el desayuno   se llevaron  a cabo una hora después.

 
Que equivocados estaban.  Unos 30 guerrilleros desayunaban  arroz con sopa Maggi  y  café de maíz  cuando del lugar menos esperado  (detrás de las  lomas ubicadas al norte) apareció un   helicóptero UH1H disparando, luego otro y otro y, tras ellos,  “avispitas” (helicópteros Hughes 500).  Desde estas últimas,  además  de balas,  también caían granadas de humo.


Fue un  desparpajo a todo dar.   El personal del campamento de mando, de la seguridad circundante, de la cocina y del hospital y, más de alguna  visita, fueron  sorprendidos  infraganti por la Fuerzas Aérea  de modo que los comandantes  guerrilleros no  tuvieron  tiempo ni para decir  “sálvense quien pueda’. Unos  corrieron para cualquier lado y, otros,  también para cualquier lado.

 
El bulto que la mujer había visto era ni más ni menos que un “PRAL” quien, a juzgar por los resultados,  había dado las ubicaciones guerrilleras con lujo de detalles (por PRAL se conocía a los miembros de   las llamadas   Patrullas de Reconocimiento de Largo Alcance).

El Positivo, el Viejo Simón  y, al menos otros 10 compas,  se deslizaron   para   abajo en aquella loma  desnuda. Desnuda porque los comandantes recién habían  mandado a quemar el zacate y algunos guayabos.


A todo esto,  eran ya,  al menos,   aproximadamente  ocho los helicópteros disparando rockets y balas. “Puta ya me jodieron”, dijo  con su voz ronca, Emilio, quien  huía  a la par del  Positivo. Una esquirla le perforó  un cachete a este joven  de unos 16 años, conocido por su habilidad  para arreglar las “cachas” de los fusiles M-16  traídos de Vietnam,  así como por pescar chimbolos de un sopapo.


Los soldados  disparaban   a sus anchas, tanto que se veía claramente, como uno de ellos, subido en una avispita  lo hacía  a pocos metros de sus cabezas  con su  M-16 recortado, quizás   porque a la ametralladora se les había acabado el parque.

 

El alboroto  alcanzó tal magnitud que de pronto  sólo quedaba Simón y el Positivo. Ellos decidieron continuar avanzando hacia  abajo. Avanzaban un metro, dos metros, cuatro metros,   hasta detenerse en los  “mogotes”  (troncos)  de zacate quedados tras la  quema con el propósito de simular que eran un mogote más para no ser identificados.


“Acurrucáte y encogéte  para que  piensen que sos  un bulto más y no te  vean”, decía Simón... luego avanzaban acurrucados hacia el próximo tronco,  entilados completamente y con la ropa rota por los chiriviscos.


De pronto, cuando a los soldados  se les acabo la munición los pilotos alinearon los helicópteros  y se retiraron,  “Ya se van, ya se van,”,  decía Simón jubiloso.

 
El   jubilo, empero,   sólo  duró escasos minutos. De súbito aparecieron  tres  aviones A- 37 con su  estruendoso ruido, cuyos conductores   tras dar    un par de vueltas para afinar la puntería dejaron caer cuatro  bombas  de 500 libras: una en  la cocina, otra  donde la mujer había visto el bulto y la tercera  entre ese lugar y el campamento. La otra quien sabe dónde. Una  cayó entre  100 o 150 metros de Positivo y Simón.


Tras la   onda expansiva   cayeron  sobre ellos un montón de piedras afortunadamente ninguna  del tamaño que les quebrara la mollera.  Una vez consumado  el hecho los aviones,  igual que previamente los helicópteros, se formaron en fila y  se retiraron.
Los A-37 volaron  despacio. Los pilotos iban viendo desde poca altura  su obra.  A partir de  entonces  al  Simón no se  le volvió a ver más.

 
¿Para dónde  le daba, entonces el Positivo? No  tuvo chance  de hacerse  la pregunta, porque de pronto apareció otra fila de helicópteros color verde oscuro, entre ellos,  uno con una cruz roja pinta al costado. Los soldados, quienes  venían  disparando fueron botados justo donde cayó  la   bomba más cercana.


Se trataba de un   desembarco en sus  narices a pleno mediodía. Y un desembarco era de las acciones del enemigo más temidas porque se trataba simple  y llanamente de tener a los “cuilios”  “en el lomo” y para variar en desventaja.


El   esperaba  tenerlos  enfrente  en cuestión de  minutos. Pero como  la  sicología humana es indescifrable,  se apodero de él una cólera sin límites... En su mente había una determinación.  “Ustedes también se van a morir h-i-jos- de- la -g-r-a-n p-u-t-a”. Fue una rabia como nunca  la tuvo y jamás  volverá a  tener.
 
Y es que él  sabía que podía “tronarse” a más de  alguno. Y podía  hacerlo  porque  el fusil que portaba  era uno de los mejores (recién le habían  asignado el M-16  de  uno de los jefes de pelotón Moris  porque estaba herido y  quien, por cierto, murió ese día a causa de  las bombas). Asimismo,   portaba  tres cargadores y dos granadas.


Veía los bultos de los “parachutes” moverse a la distancia pero mientras ellos no lo vieran su meta era, retroceder.

Al mismo ritmo que  llego hasta allí,  matocho por matocho,  logro avanzar hacia arriba. A eso  de las 4 de la tarde, pasaba por lo que,  hasta temprano  fue el campamento de mando con el riesgo de encontrarse  con los soldados o con  algún compañero perdido que se equivocara y  le disparara.

 
Una avioneta  Push and Pull conocida  por  la guerrilla como  “la carreta” daba vueltas por sobre la zona.  No era  extraño que fuera un  jefe castrense   haciendo cuentas.


Por fin logro llegar a un lugar donde habían estado desayunando algunos compas durante el despije  que, tras la carrera,  dejaron unos pedazos de tortillas mismas que  devoró absolutamente.


Nunca jamás  sintió un placer tan grande como  acostarse en ese lugar durante una media hora. No obstante,   el ambiente seguía siendo de incertidumbre. Cuando ya se vislumbraba el anochecer. ¿Para donde se dirigía?


Comenzó a buscar un lugar seguro encontrando un camino conocido. Eligio una intersección entre ese camino y una vereda  y allí se enmontó. Fueron dos días y dos noches. Afortunadamente  llovió un poco que le permitía  abrir la boca para que le cayera agua.

Al siguiente día por la mañana,  algunos helicópteros volaron  bajito sobre la zona  pero para él fue  normal.  El susto fue cuando escucho trajinar de botas en la vereda, a unos 50 metros. El creía que los soldados tenían la zona bajo control.  Al siguiente día, a eso de las cinco de la  tarde volvió a escuchar voces y pasos pero  el lado de la camino...

A esas alturas ya había tomado la  decisión de salir de allí  lo cual hizo una vez  oyó que las personas habían abandonado el lugar.

Salió, caminó por esa calle al oscurecer encontrando un bendito palo de mango y muchos mangos en el suelo comenzados por los pájaros. Ese día confirmó que no hay mejor fruta que los mangos: Tienen comida y agua.


Una vez enmangado  decidió esconderse nuevamente. En esta oportunidad   adentro de un complejo de piedras cuyos  habitantes eran  unos 20 murciélagos gordos y avispados. Así, románticamente acompañado, por esos animalejos de piel negra y brillante,  paso la noche hasta que al filo de las seis   de la mañana escucho voces de nuevo, algunas de mujeres.

En  seguida vio a  un grupo  que   avanzaban frente al complejo de piedras  ubicados a unos 70 metros.  Eran los compas encargados de la cocina.

“Hey soy Manuel”, les gritó evidentemente feliz (Manuel  Machado se llamaba allí)

Una vez identificado salió y se unió a la fila y los primero que preguntó a sus compañeros fue: --¿Cuántos  muertos?

 
– Hubo 8  y cincos heridos. Fue “un masacre”, respondió uno de ellos.

 

--¿Quienes fueron? Mencionaron los nombre de Walter, Moris, Sonia, el Surullo Macuyo, Susana….

Una  vez regresó  al campamento, fue recibido por el Comandante Cirilo. Este, con una amplia sonrisa   cerró el puño de la mano derecha y haciendo un además victorioso con ella dijo: Vergón.

Al día siguiente regreso con Carbilio al lugar de los hechos. Lo primero que vio fue una bota nueva amarilla que salía de un grupo de  piedras. Era Walter que no pudo ser enterrado y fue sepultado bajo un puñado de rocas  que no  lograban  cubrirle una  pierna.  Luego, vio  la zona  tapizada  de   casquillos,  el cráter dejado por las bombas y  las piedras que levantó hasta un radio de, mínimo,  200 metros. Asimismo, encontró su libro preferido: Cien años de soledad, totalmente calcinado que había guardado en el interior de un cerco de piedras.

Un año después de firmada la Paz (1992) se disponía abordar un autobús frente a MOLSA, en el Boulevard del  Ejército, cuando escuchó una sonora carcajada y un dedo que  le apuntaba. Una carcajada mezcla de jodarria y un humanísimo homenaje a la vida. Era  el viejo Simón.

“Puuuuuuuuuuuuuuta maishtro, quedamos vivos”, dijo uno de los dos en alusión a  aquel inolvidable y fatídico 10 de marzo de  1988. 

Después de ese  encuentro,  Positivo nunca  supo del  viejo  Simón, hasta que un día, leyendo   los diarios vio su foto en cuya base se refería que era  postulante a Concejal de Soyapango, cuando la ex guerrilla participó por primera vez en una contienda electoral.

 

(*) Periodista y colaborador de ContraPunto