Edmundo Jarquín (*)

MANAGUA-Algunos de mis radioescuchas  -en el programa “El pulso de la semana, con Mundo Jarquín”, que se trasmite los sábados por Radio Corporación-  me escribieron o llamaron diciendo que me extendiera sobre un comentario que hice la semana pasada.
 
Dije entonces que el Presidente Ortega, aprovechando su comparecencia sobre los sucesos del Ecuador, había derivado a comentar de manera grosera e irrespetuosa lo que algunos miembros de la Jerarquía Católica habían dicho en cuanto a la necesidad que el pueblo se manifestara reclamando sus derechos.
 
El derecho a la rebelión, cuando se enfrentan situaciones de privación de las libertades e injusticia, ha sido legitimado desde hace mucho tiempo, por la Doctrina Social de la Iglesia Católica incluso, y fue el que reclamó el propio FSLN frente a la dictadura de Somoza.
 
Desde luego, en las condiciones de la Nicaragua actual, no se trata de rebelión armada, pero hay muchas otras modalidades de rebelión, a veces más efectivas que la rebelión armada. A esas otras modalidades  -el pueblo ocupando las calles, por ejemplo-  se refirió Ortega  -que por cierto las teme, y mucho-  cuando amenazó con sacar sus turbas, y en una bravuconada, porque nunca se le ha visto al frente de las mismas, dijo que las encabezaría.
 
Es en el contexto de esa perspectiva indeseable, el pueblo enfrentándose en las calles, pero lamentablemente inevitable si Ortega insiste en cerrar el cauce principal de expresión pacífica que son elecciones democráticas, libres y creíbles, que dije una verdad que Ortega había omitido cuando indicó, y con razón, que en Nicaragua no había, por los orígenes y naturaleza profesional e institucional de las fuerzas armadas y de policía, condiciones para un golpe de Estado: que tampoco habían condiciones, por las mismas características del ejército y la policía, para que dispararan contra  el pueblo si este se manifestaba, como se va a manifestar más temprano que tarde, reclamando sus derechos.
 
Sería bueno, por aquello que vale más prevenir que lamentar, que Ortega tome conciencia de lo anterior, o se le haga tomar conciencia.
 
¿Dónde estás, Enabás?
 

Dónde estás Enabás, se preguntan los nicaragüenses mientras ven el precio de los frijoles dispararse por encima de los veinte córdobas la libra, y no llegan a los mercados los abastecimientos del preciado grano que, se supone, debería tener la Empresa Nicaragüense de Alimentos Básicos (ENABAS), cumpliendo su rol regulador del precio de los productos básicos.
 
Digo se supone, porque cuando hace un par de años los precios de los alimentos se dispararon, y los del frijol llegaron hasta los dieciséis  córdobas, el Presidente Ortega apareció en medio de grandes ostentaciones diciendo que estaba girando órdenes a ENABAS para que comprara, almacenara y tuviera reservas, para que cuando el frijol volviera a escasear, saliera a vender al mercado y así amortiguar las oscilaciones temporales del precio y proteger el bolsillo de los consumidores.
 
Además, después de las alzas del 2008, el frijol al por mayor llegó a bajar hasta los ocho córdobas la libra, y ha sido uno de los rubros más dinámicos de exportación, de lo cual también se han jactado los burócratas Orteguistas, y no han faltado al gobierno recursos, para comprar y almacenar, porque incluso ha sobre recaudado impuestos y ha tenido más cooperación que ningún otro gobierno, como tantas veces lo hemos recordado, pero no lo hizo por ineficiencia o corrupción.
 
Que el gobierno escoja: o bien Ortega no dio las órdenes que prometió, o ENABAS no ha cumplido su papel por ineficiencia o por corrupción, porque frijoles no han faltado, ni recursos para comprarlos, pero ahora que se necesitan, escasean.
 
El gobierno de Ortega, en vez de haber amortiguado el fluctuante ciclo de los precios de productos tan esenciales, como el frijol, ha martajado el bolsillo de los consumidores. Esta es la verdad.
 
Frijol toreado

 
Cuando hace pocos años los precios del frijol se fueron a los cielos, el irredento humor popular bautizó al gallopinto, esa mezcla de arroz y frijoles que constituye la base de la dieta popular, como “enseña”.
       --Es que están tan caros los frijoles, comentó entonces una señora, que apenas se los enseño al arroz.
 
En esta ocasión me encontré otra expresión que recoge ese sarcástico humor con el cual los nicaragüenses enfrentamos las adversidades, hasta que nos rebelamos frente a las mismas:
 
Escuché decir a  un parroquiano, mientras me cortaba el pelo, que ahora al gallopinto se le llama “frijol toreado”, porque los pobres granos de arroz luchan por ver cual agarra un grano de frijol.
 
Me quedé pensando que Ortega no se da cuenta cuánto está “toreando” al pueblo.
 
El Nobel de Vargas Llosa
 

El premio Nobel de Literatura que esta semana se concedió al escritor peruano Mario Vargas Llosa ha sido, como era de esperar.
 
Cada quien tendrá, dentro de la vasta obra de ficción y análisis del escritor, algo o mucho que recordar. A mi se me vino a la memoria, porque no puedo separar a Nicaragua de mis reflexiones, algo que Vargas Llosa escribió en el libro “Como pez en el agua”, las memorias de su fallida campaña presidencial de finales de los años ochenta. Los países, y lo cito de memoria, siempre pueden estar peor, escribió. Es que a diferencia de los humanos, si cuya situación se deteriora progresivamente es inevitable que mueran, los países pueden deteriorarse y deteriorarse, hasta terminar en lo que ahora, eufemísticamente se llama “Estados fallidos”.
 
Sin ser Nicaragua un “Estado fallido” es, viendo los últimos treinta años, un “país fracasado”. Como en la tragedia griega de Sísifo, condenado a subir una montaña con una roca a cuestas, para desfallecer justo antes de alcanzar la cima y volver a intentar subirla una y otra vez, así hemos estado nosotros durante los últimos treinta años, como saliendo del hoyo para volver a caer al mismo.
 
Ortega, que ha gobernado o cogobernado durante esas tres décadas, debería pensar en cuánta responsabilidad le corresponde.
 
La fuerza de la moral
 

La concesión del premio Nobel de la Paz a un disidente chino, que ha irritado a las autoridades de esa potencia que creen es posible mantener indefinidamente libertad económica sin libertad política, revela el poder político de la fuerza moral, de países pequeños como Suecia y Noruega, dónde se toman las decisiones sobre los premios Nobel.
 
Frente a los pataleos de la potencia asiática emerge, imponente, la fuerza de la moral de esos pequeños países a los que no les tembló el pulso al tomar la decisión de a quienes otorgar este año el premio Nobel de la Paz.
 
Son los mismos pequeños países que tanto han cooperado con Nicaragua y que ahora, con una dosis de frustración que no pueden ocultar, se van, ahuyentados por el recurrente ciclo de nuestra barbarie política.
 
Pero volverán, cuando el inevitable cambio político recupere la esperanza que ahora luce esquiva.

(*) Político nicaragüense y colaborador de ContraPunto